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Informe Especial

La historia de Pía en LA NACION

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Escucha el despertador, se levanta y camina hacia el placard para tantear la ropa. Las texturas, los cierres y los cuellos son sus parámetros para saber si el buzo es el rojo o el negro. Desayuna, busca su computadora y espera el bocinazo del ómnibus que la lleva a la escuela donde cursa 5° año de la secundaria.

Al mediodía regresa y se cocina. "Enciendo la hornalla y me hago arroz con salchichas. Uso el temporizador para calcular el tiempo", aclara. A la tarde, después de dormir una siesta, se prepara torta en taza usando el microondas adaptado con sistema de escritura Braille.

Pía Peña Foissac, de 17 años, es mucho más que una adolescente independiente: nació con ceguera, y ese límite, combinado con su actitud, la convierten en la protagonista de una historia de superación arrolladora. Su entusiasmo es contagioso. Ella inspira.

Vive con su madre y con su hermana en Pigüé, al sudeste de la provincia de Buenos Aires. No está segura, pero cree ser la única persona ciega entre los 15.000 habitantes de su ciudad.


Nació prematura, con 24 semanas de gestación y poco más de 900 gramos. Desde esos primeros meses en incubadora, hasta el día de hoy, se empeñó en ver oportunidades donde la vida le ponía obstáculos. No hay límites que la frenen. A los 8 años aprendió a tocar la batería. La profesora la inició con "De música ligera" y se hizo fanática de Gustavo Cerati. El momento más feliz de su vida fue cuando recibió el llamado sorpresa de la madre del músico, en 2015. Y poco después, el día en que le regalaron su primera computadora portátil.

Hoy toma clases de bajo y hace arquería. Un día se enteró que su vecino era instructor de ese deporte y le insistió hasta que la llevó a probar. Usa una base circular del ancho de la cadera para posicionar los pies y ubicarse correctamente. El resto es habilidad, perseverancia y disciplina. Hoy participa de torneos de la Federación Argentina de Tiro al Arco y es una de las pocas personas ciegas que practican la disciplina.

En la escuela también se tiene que acomodar; utiliza una computadora adaptada con un lector de pantalla de código abierto para personas con ceguera (NVDA). La misma les permite acceder al escritorio a través del sonido. A decir verdad, lo que más le cuesta de la escuela es la socialización. "Siempre se me complicó hacer amigos. Tuve que cambiarme varias veces de colegio. Me sentía incómoda...o me hacían bullying. Una vez me echaron porque mi computadora hacía ruido", recuerda.

"Con los chicos de mi edad no tenemos intereses en común. No me interesa la belleza. Una vez me invitaron a una fiesta y llamé para que me vengan a buscar. Simplemente me aburría", dice.

Su madre tiene varios empleos y está muchas horas afuera de la casa. Pía se las arregló siempre, desde pequeña, para ganar independencia en tiempo y forma. A la hora del baño, por ejemplo, solo necesita que le dejen el shampoo y la crema enjuague en el mismo lugar y en frascos diferentes, identificables al tacto.

Ella sueña fuerte. Sus proyectos son vertiginosos y emocionan. En los últimos años hizo cursos de programación y de robótica. El año que viene termina la escuela y quiere estudiar ingeniería en sistemas. "Si no se puede, idiomas", aclara.

En marzo viajará a China para realizarse un tratamiento que le permitirá obtener un 20 por ciento de visión. Al menos esa es la promesa de la ciencia. Otros pacientes han logrado más, pero los médicos son prudentes con sus promesas. "Quiero ver para saber cómo es la cara de mi mamá y de mi papá... y para ver cómo es una computadora", confiesa.

De fondo suena Cerati como una profecía: "Cruza el amor, yo cruzaré los dedos".

(*) LA NACION