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Informe Especial

HACE 82 AÑOS: UN DIPUTADO DE GOYENA ASESINABA A FORTUNATO CHIAPPARA (h) EN LA LEGISLATURA

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(*) Hernán Guercio. LA NUEVA.  Chiappara lleva su mano a la cintura.  “¡Te voy a matar como un perro!”  Bessone no se detiene a contestar. Es más rápido: saca su revólver y dispara una vez.  Chiappara intenta cubrirse con la mano, pero el balazo entra limpio. Se da vuelta. Quiere salir corriendo, huir. Escucha cinco explosiones más y recibe otros tantos tiros en su espalda. Después, no siente nada más.

 Eran mediados de diciembre de un 1937 convulsionado por el “fraude patriótico” y las elecciones ganadas por el conservador Roberto Ortiz por sobre el radical Marcelo T. de Alvear.

   Las balas y la picana eran la ley en esa Década Infame. Las elecciones se amañaban; había gente escondida en el cuarto oscuro que indicaba a quién había que votar; el fraude era moneda corriente; las urnas se cambiaban en cualquier esquina camino al correo, y muchas de las personas que concurrían a emitir su sufragio se enteraban al llegar “que ya habían votado”.

   El distrito de Saavedra no era ajeno a todo esto. Allí, la disputa política tenía dos nombres enfrentados desde hacía tiempo ya: el conservador Fortunato Chiappara, de Arroyo Corto, y el radical Mario Bessone, un médico santiagueño radicado en Goyena. Ambos diputados provinciales, sus nombres quedarían tristemente grabados a fuego por ser los protagonistas del único asesinato que recuerda la historia en la Cámara de Diputados de la Provincia, en La Plata.

   El 15 de diciembre de 1937, la tragedia no duró más que unos segundos. Un encontronazo en un pasillo, un cruce de palabras, amenazas y seis disparos. Eso fue todo. El cuerpo aún con vida de un Chiappara herido de muerte en la mayordomía de la Legislatura y Bessone desarmado por las fuerzas policiales reconociendo que se trataba de “un hecho lamentable” y ofreciéndose a practicarle los primeros auxilios: “Yo lo voy a atender. Soy médico”, dijo.

   Esa misma noche, la Cámara aprobó en forma unánime el desafuero del diputado asesino. Luego de la autopsia, el cuerpo de la víctima se envió a Arroyo Corto, donde fue inhumado en el mausoleo familiar ante una multitud de personas. Casi un año después, previo al juicio, se pediría cambiar el nombre del pueblo por el de Fortunato Chiappara, aunque la iniciativa finalmente no prosperó.

   A pocos días del suceso, la Justicia realizó una reconstrucción del hecho con la participación del ya exdiputado quien, cuentan, “solo tenía conciencia de haber sacado el revólver y hecho fuego”.

   Más allá del tiroteo y sus consecuencias, existía en la prensa una suerte de benevolencia hacia el asesino, a quien se quería demostrar como la víctima de una persecución política feroz, y el asesinato –como cuentan hoy conocedores de esta historia en la zona- como “la gota que colmó el vaso”.

   Fortunato Chiappara (hijo) ha sido destacado por dos cuestiones principales: su labor pública, reconocido como un político muy hábil que aportó obras de vital importancia para el desarrollo del distrito –algunos también atribuyen esto a un muy posible vínculo con la masonería, aunque no hay nada probado-; y su lado más oscuro y desconocido, comandando los destinos del distrito por medio de la fuerza, la violencia y el miedo. De esto hablaban las crónicas de la época cuando se referían a él –entre otros- como el mentor de una “violenta campaña de persecución emprendida por numerosos caudillos de la provincia de Buenos Aires” que “en el partido de Saavedra determinó el éxodo de numerosos antiguos pobladores profesionales”.

   Meses después, el juicio fue todo un acontecimiento. Celebrado unos diez días antes de cumplirse un año del asesinato, las crónicas de la época cuentan que quedó gente afuera de la Cámara 3ª de Apelaciones en La Plata, porque se habían ocupado las 295 plateas con que contaba el lugar. La expectativa era inaudita.

   En los cuatro días que duró el proceso judicial, Chiappara pasó de víctima a victimario. Los testigos que llegaron desde el distrito de Saavedra –en realidad, los que pudieron llegar, ya que se vigilaban las estaciones de trenes y por medio del miedo se había prohibido que la gente viajase a prestar declaración- reafirmaron la hipótesis de que Bessone había sido blanco de una persecución feroz que hasta lo había obligado a escapar de Goyena para radicarse en Buenos Aires, “dejando todo abandonado”.

Hoy se cumplen 82 años del tiroteo. Es el único caso de homicidio registrado en la Cámara de Diputados de la Provincia.

   Fue tal el peso de los testimonios en contra del accionar del diputado asesinado, que el fiscal pasó de pedir 15 años de cárcel a tan solo 2, señalando que “se debe hacer justicia con la absolución” de Bessone, ya que “lo que se hacía con el acusado era una palpable injusticia”.

   “Más que un juicio por homicidio –relata la crónica de “La Nueva Provincia” del 8 de diciembre de 1938-, es un juzgamiento de una situación política”.

   Finalmente, la Justicia se expidió: homicidio en estado de emoción violenta. La condena era de 3 años de cárcel (más costas) para Mario Bessone, quien hacía menos de un año había matado a otro hombre de seis balazos y a la vista de todos. En la práctica, quedó instantáneamente en libertad.

   No se supo casi nada más de su vida. Con los años y ya siendo una persona mayor, fue encontrado en Capital Federal, donde había continuado trabajando como médico. Hasta se pensó hacerle un homenaje por haber sido un diputado provincial perteneciente al distrito de Saavedra, pero él siempre se negó: no quería volver ni quería revivir aquellos años en Goyena.

   Tal vez quería olvidar que había terminado matando a otro hombre como si fuera un perro.