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Informe Especial

125 años de la llegada de las Hermanas del Niño Jesús a Pigüé

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El 22 de Mayo de 1888 se cumple el aniversario del arribo de las primeras siete religiosas de la orden del «Niño Jesús» a nuestra ciudad.La Congregación de las religiosas tiene dos orígenes: Las Señoritas de la Institución de Le Puy, año 1665 y la Madre maría Maisonave, en Aurillac, año 1804.

Terminada la Revolución Francesa, la Señorita María Maisonave, de Aurillac, con algunas amigas, se dedicaron a catequizar a los niños que desconocían aspectos de la fe.Comenzaron luego a vivir en comunidad sin saber mucho de la vida religiosa.El obispo del lugar las dirigió a la Congregación del «Niño Jesús», del Puy para que se formaran en el Noviciado de esa Institución de mucho prestigio en la zona.Esa Congregación había sido fundada en el Puy, doscientos años antes, en 1668 por la Señorita Ana María Martel, quien también movida por su amor a los pobres y necesitados, había reunido compañeras con las cuales se dedicó a formar institutrices para el campo, al mismo tiempo que ellas se ocupaban de muy diversas actividades en la misma ciudad.

Ana maría Martel
La Familia Martel era una de las más distinguidas del Puy, pequeña ciudad francesa edificada entre peñascos rodeados de follaje.Ana María llega a la vida de Claudio Martel y María Cayes el 11 de Agosto de 1644. Su educación fue religiosa, a los quince años sus padres la llevaron a un pensionado de religiosas; al culminar su formación, regresa a la casa paterna en la que se comentaba con tristeza la terrible situación vivida por Francia a causa de las guerras; Ana María escuchaba preocupada  por el abandono y sufrimiento de sus hermanos pobres, sintiendo que ella misma debía ocuparse.Cierto día un sacerdote amigo le pidió que se encargara de visitar, consolar y despertar la fe entre las mujeres y jóvenes de un hospital que había en la ciudad.Así, se entregó al servicio de esas mujeres, Ana María tenía entonces, 23 años.En el año 1668, el sacerdote Tronson le propone a Ana María se ocupe de brindar clases de catequesis a los niños del barrio San Lorenzo, propuesta que fue aceptada por la joven. La novedad se divulgó por el sector y comenzó a concurrir tanta gente que ya no pudo sola, entonces convocó a su amiga Catalina Félix, otras amigas se unieron a ellas.

Luego algunas se trasladaron hacia el otro extremo de la ciudad. Dos años más tarde, las catequistas voluntarias formaban un grupo numeroso, algunas de ellas dejaron todo para dedicarse a ese apostolado. La gente del pueblo comenzó a llamarlas: «Las señoritas de la instrucción».Sin saberlo, sin buscarlo, Ana María se había convertido en una verdadera maestra de novicias. Las integrantes de grupo no sólo se dedicaron a la enseñanza del catecismo, los niños, vagabundos, mujeres del campo, los enfermos del hospital, las tejedoras, fueron los privilegiados.Se preocupó también de la promoción humana de las mujeres y de las jóvenes y hasta de reglamentar la actividad de las puntilleras.Así se inició la coordinación de Ana María y sus compañeras de las «Reuniones» de las trabajadoras, tanto tejedoras de puntillas como trabajadoras del campo, encargándose, ellas mismas,  de buscar compradores honestos que pagaran precio justo.Ella y sus compañeras habían comprendido que no se puede sentir la alegría de servir, sin un verdadero amor a los hermanos.

Un techo para convivir
Ana María y sus compañeras sintieron la necesidad de vivir juntas para compartir su oración, sus ideales y sus trabajos. Entonces Catalina Félix, madre de su primera compañera, les alquiló una parte de su casa, allí se instalaron y, poco a poco se fueron transformando en una pequeña comunidad.Esta casa fue también el lugar de encuentro para cada joven que deseaba asociarse y donde se hicieron los primeros retiros espirituales de la nueva comunidad, convirtiéndose así, en la cuna del nacimiento del Instituto.El obispo del lugar, conocedor del rápido crecimiento del grupo y sabiendo que las jóvenes estaban bien instruidas en la fe, bendijo y autorizó la pequeña comunidad de Ana María y las alentó para que prosiguieran los trabajos en otros lugares.Nació así, el Instituto, que más adelante cambiaría el nombre de: « Señoritas de la Institución» por el de «Hermanas del Niño Jesús».

Más desafíos
Pronto su tarea se conoció en los campos y aldeas y fueron convocadas desde la campiña. Los viajes de Ana María y sus compañeras no significaban, precisamente, un tour turístico, pero el invierno largo y riguroso no fue obstáculo para su apostolado. Calzadas con gruesos y pesados zuecos, que hacían más duro el camino entre la nieve y a piedra, llegaban a los pueblos y reunían a la gente en algún granero y allí comenzaban la explicación del catecismo.Cada vez el auditorio era más numeroso, si hasta los hombres más recios, se mezclaban entre los oyentes para escucharlas.Con la finalidad de prolongar su acción y consolidar los conocimientos de la fe, comenzaron a dejar hojas impresas con las lecciones de catecismo, pero, casi nadie sabía leer ni escribir.Ana maría quiso entonces, formar maestras para el campo. Colocadas bajo la dirección del sacerdote de la parroquia, estas jóvenes vivían en el pueblo, alternando la enseñanza de la lectura y la escritura, con las lecciones de catecismo. Este proyecto dio mucho frutoAna María fue modelo de entrega y servicio, fue la mujer que anduvo los caminos de la ciudad, aldeas y montañas, sin miedo, anunciando la buena de Dios.

Una luz se apaga
Ana María tenía una salud delicada; tenía mucho trabajo y preocupaciones, unido a las incomodidades y cansancio de los viajes, terminaron por enfermarla. A pesar de su estado siguió trabajando.Ana María vivió con alegría y fervor la fiesta de navidad del año 1672. Durante esos días se la vio pasar largo tiempo rezando en la Iglesia. Una mañana estuvo a punto de desmayarse y sus compañeras la obligaron a guardar cama. El 5 de enero el médico dio un diagnóstico sin esperanzas, el 11 de ese mes su estado se agravó y pidió la comunión.El 15 de enero de 1673 sería el último día de su hermosa vida. Tenía 28 años y cinco meses.Pero no todo acabó ese día, sino que sus amigas y compañeras recogieron la antorcha encendida por ella y, a pesar de las serias dificultades que sufrieron a lo largo de más de trescientos años de existencia, guerras, revoluciones y persecuciones, dispersaron varias veces a sus miembros.Las «hijas» de Ana María martel se diseminaron por  Argentina, Bélgica, Canadá, Chile, Costa de marfil, Liberia, Francia y Vietnam.Las hermanas del Niños jesús procuran vivir el carisma de su fundadora: « Despertar y profundizar la fe, de sus contemporáneos, especialmente entre los pobres».

FESTEJOS: en el TEMPLO PARROQUIAL, EL MIERCOLES 22/05, A LAS 10 HS SE DARÁ COMIENZO A LOS FESTEJOS DE LOS 125 AÑOS DE LA LLEGADA DE LAS SIETE PRIMERAS HERMANAS DEL NIÑO JESÚS A PIGÜÉ, CON UNA SANTA MISA.