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Personajes

MACARENA TRIGO: ESCRIBIR PARA SOBREVIVIR

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Es madrileña. Hace 15 años vino por primera vez a la Argentina. Se enamoró de Buenos Aires. Allí trabaja junto a otros máximos exponentes del teatro nacional contemporáneo. Estuvo en El Refugio y asegura que quiere volver Pigüé.

Recién termina de dictar cuatro horas de un seminario intensivo de teatro. Son las dos de la tarde y aún no almorzó. Por la noche presentará dos obras seguidas en El Refugio, de las cuales una es de su autoría y dirección y en la otra participa con textos y dramaturgia.

Le pregunto si está cansada como para hacer la entrevista y con una sonrisa responde “no, hagámosla”. Tal vez esto describa de alguna manera a Macarena Trigo, poeta, actriz, directora de teatro y una larga lista de títulos que llevarían varios párrafos. (www.macarenatrigo.com)

Nació en Madrid un 12 de abril de 1979. A los cuatro años, su padre se fue de la casa y la familia no supo más de él. Junto a su madre se trasladó a Valladolid. A los ocho, su madre la echó. La pequeña se acercó al ayuntamiento para que el alcalde le consiguiera asilo y así logró vivir en una residencia. (sic. Tiempo Argentino/Espectáculos 7/4/17).

En el patio de El Refugio y cobijadas en la sombra en una tarde calurosa Macarena toma la iniciativa y con un castellano aporteñado me pregunta “bueno.. ¿qué nos contamos?”.

Reflejos - ¿Cómo te definís?

Macarena Trigo - (lanza una risa) Creo que después de muchos años llegué a la conclusión de que soy poeta. Trabajé mucho con el deseo de convertirme en actriz. Me costó y hasta los treinta y muchos no pude usar esa etiqueta. No se en qué momento uno reconoce ese lugar de sí mismo, ni qué necesitás o qué tipo de autoridad viene y te dice “sí, sos actriz”. Pero ser poeta fue algo muy orgánico que vino solo. Empecé a escribir de chica y quizá por la tontería de haber ganado algún premio joven que me editaron y esa compensación idiota que te da el afuera, ser poeta fue algo fácil. Nunca me costó decir “soy poeta”.

En 2004 y 2005, en España, Macarena ganó durante dos años consecutivos el concurso de “Letras Jóvenes” que promovía la Junta de Castilla y León. Además obtuvo el premio Víctor Jara que otorga una editorial de Salamanca.

R- ¿Viniste a Argentina en 2003?

MT- En el 2003 decidí que iba a venir para quedarme una temporada larga de 3 meses -que era el tiempo que me permitía el pasaporte- pero tenía que volver a España para terminar los ciclos académicos porque estaba estudiando y tenía dos carreras abiertas, entonces me volví y finalmente me licencié en Historia del Arte, Comunicación Audiovisual y Teoría de la Literatura y Literatura comparada.

Cuando volví en 2005 vine con la idea de dedicarme tres meses sólo al teatro, lo que para mi era básicamente ir a talleres hasta reventar. Estaba en Buenos Aires y tomaba talleres de actuación y de antropología y me la pasaba ensayando para esos talleres. Allí fue que empecé a ir a Timbre 4 que en ese momento era una escuela chica con 50 alumnos (hoy tiene casi mil) y ahí empecé a trabajar con Claudio Tolcachir. Yo llegué en marzo de 2005 y en agosto estrenamos “La omisión de la Familia Coleman” y ese estreno fue lo que de algún modo me animó a quedarme porque en esa función yo lloraba y decía “Dios mío, esto es lo más increíble que he hecho en mi vida” desde la asistencia de dirección porque no me imaginé ni en pedo la repercusión que iba a tener esa obra.

R- ¿Esa obra fue un antes y un después en tu carrera?

MT – Fue un antes y después en la vida de todo el elenco. Nos cambió la vida. Fue la primera obra que escribió Claudio (Tolcachir) y lo que puso su nombre en el panorama teatral siendo un pibe muy joven de unos 20 años. No es lo primero que había dirigido. Yo lo conocí en “Jamón del Diablo” una versión sobre el texto de Roberto Harlt. La dirección de ese trabajo me partió la cabeza y por eso volví con él.

Llegué el día que todo el elenco estaba leyendo el texto de la versión final de “La omisión de la familia Coleman” . Cuando lo escuché no podía creer que ese texto tuviera tanto que ver con mi vida, porque esa obra me resuena mucho en mi historia personal. Tuve la certeza que desde la dramaturgia era un muy buen trabajo, contundente, con un texto sólido. Yo venía de estudiar Teoría Literaria y mi cabeza funcionaba en ese registro. Lo que no era previsible fue la repercusión que tuvo en la crítica, los viajes a los festivales, todo lo que pasó después que nos cambió la vida a todos porque supuso durante muchos años que fuera nuestra principal fuente laboral.

R- ¿Es cierto que le escribiste una carta para ofrecerle tus ahorros?

MT – Fue así: Empecé a tomar clases con él en marzo y en abril, asumiendo que en tres meses me tenía que ir y quería pasar más tiempo con él; totalmente enamorada de Claudio como docente, le escribí una carta – yo hago todo por escrito – y le puse “Estoy a tu disposición para sumarme a cualquier otro proyecto. Tengo esta plata ahorrada (mil Euros) y me encantaría colaborar con lo siguiente que hagas”. Yo ni sabía que estaban ensayando “La Omisión de la Familia Coleman” y así me convertí en la primera productora que tuvo la obra. ¡Nunca mil euros se invirtieron tanto y sacaron tanto partido! (se ríe).

Yo no sabía en qué consistía ser asistente de dirección. Escribí un análisis y ese prólogo se editó con el texto de la obra y ha recorrido el mundo. Yo lo escribí para los actores y después un montón de gente lo leyó para trabajar con la obra. Es algo que me llena de orgullo. La pasión que tiene Claudio como docente y director es alucinante. Hay algo de esa energía que identifiqué al toque como algo de lo que quería más. Además la premura de creer que sólo lo iba a poder hacerlo durante tres meses. Siempre jodo diciendo que vine a Buenos Aires por otro hombre y me quedé por él. La posibilidad de seguir trabajando con él hizo que cada tanto                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                yo saliera a Montevideo y volviera a entrar varias veces.

Yo tenía una beca para ir a Ohio (EEUU) a seguir trabajando en Teoría de la Literatura pero me tomé un año para explorar esto que había pasado en Buenos Aires. Una locura total. Yo vivía de mis ahorros, no tenía ni idea de qué iba a hacer con mi futuro, la entrada valía $12 y claramente no tenía trabajo. Aposté. Fue un salto en el vacío después de siete años de formación académica y de sentir que el teatro – que me acompaña desde los 8 años - se merecía un poco más de mi. Es un poco también estar en el momento adecuado, con la persona adecuada y serle muy fiel al deseo. Cuando uno desea y ama algo; apuesta por eso, siempre es muy difícil pero algo termina sucediendo.

R- Siempre decís que hiciste todo para no hacer teatro…

MC –¡Tengo tres licenciaturas para no hacer teatro!exclama en medio de una carcajada y levantando las manos hacia el cielo – Sucede que en España el teatro es algo muy minoritario. Algo que a ustedes les cuesta entender porque acá es mucho más frecuente. Allá es algo que ya se sabe, no te va a dar de comer. Yo tuve la suerte de que empecé a ir a talleres de chiquita y estuve con Cruz García, la profesora a la que le debo todo. Ella fue mi maestra en lo escénico. Desde los ocho años acompaña mi proceso y aún sigo en contacto con ella. Ir a las clases de teatro se instaló como algo constante en mi. El teatro me hizo primero persona y después vino el después. En la adolescencia tuve muchas dudas. La cuestión es que a los 18 años cuando tenés que definirte académicamente a mi nadie me dijo “nena estudiá teatro”. Me dijeron “Estudiá algo serio. Para el teatro siempre hay tiempo”. Y yo no tenía una familia que me respaldara. Era buena estudiante pero no tenía una estructura familiar que amparara ese deseo. Entonces sabía que tenía que tenía que asegurarme el futuro y convertirme en algo de provecho porque eso era lo que se incentivaba y en un punto te terminás convenciendo de eso. Me decían que el teatro es un hobby para el tiempo libre.

 

R- ¿Por qué decís que Buenos Aires es un laboratorio de ideas?

MT - Buenos Aires fue el verdadero revulsivo. En el viaje que hice en agosto de 2002, cuando Buenos Aires todavía estaba muy conflictuada por todo lo que recientemente había pasado, vi el mejor teatro del mundo, a la gorra, de resistencia y en cualquier manera, que es muy similar al que se está viendo ahora. Entonces me dije “¡Pará! ... el teatro no es solo lo que yo creo. Es muchísimo más. Puede ser cualquier cosa. Estar hecho de cualquier manera y suceder en este patio”. Recuerdo estar viendo una varieté en un patio más chiquito que este, comiendo un guiso de lentejas y todos sentados en el piso. Veía dos o tres cosas en la misma noche. Ahora estamos igual pero es más angustiante porque ni siquiera con las funciones a la gorra estamos pudiendo llevar gente. Lo que está pasando ahora es otra versión de la crueldad que al menos yo no conocí. Es la primera vez que me encuentro en esta situación en Buenos Aires.

R- ¿Qué es para vos la creatividad?

MT – Creo que es la capacidad de asociar cosas distintas para satisfacer el deseo. La capacidad de conectar gente y recursos y hacer que circule todo del mejor modo. Es sacar de dónde no hay. Hacer con lo que se tiene y entender que ese “no haber y no tener” sigue teniendo un saldo positivo, incluso cuando uno está en números rojos. La obras que vamos a compartir hoy (por esa noche) o la experiencia en Espacio 33 (sala de teatro donde trabaja en Bs. As.) son un claro ejemplo de eso. De cómo siempre hay. Depende de qué estés mirando. Decir “Hagamos algo con esto” y el “esto” es una papa caliente que te quema en las manos porque pensás que no tenés nada. Sin embargo hay un montón: deseo, trabajo etc. Es no dejar que el “no haber” sea lo que triunfe. La creatividad es la capacidad de sobrevivir.

Una de las obras de su autoría y dirección, que Macarena presentó en El Refugio fue “Esas cosas que se dicen y son tan extrañas”. La puesta está basada en una serie de cartas que Trigo escribió para participar de un concurso que tenía como premio un viaje Bariloche para dos personas, pero que nunca envió.

R- ¿Por qué escribiste esas cartas y nunca las mandaste al concurso? Contame esa historia.

MT- El título de esa obra es un verso de Luciana Ravazzani del libro “Desde las Bisagras”. No sabía cómo titularla y le manoteé ese título. El disparador de esa escritura fue un concurso que lanzó una editorial. Eran cartas de amor y el premio un viaje a Bariloche para dos. A mi me pareció increíble y dije “a mi juego me llamaron” porque me parecía tan fácil escribir en ese formato que en un momento encontré que tenía entre 20 y 30 cartas de amor para participar. Me avergonzó la posibilidad de ganar que no las mandé. ¡Imagínate que iba a tener que contar que había ganado!. Además… ¿a quién carajo llevaba al viaje?

R- Pero algo del concurso te hizo ruido…

MT- Sí, totalmente. Yo creo más en los concursos que en los subsidios. Me ha acompañado más el deseo de escribir para participar en concursos, donde tenés una fecha de entrega, un rédito económico y un tiempo. Es como jugar a la lotería pero productivamente. En cambio los subsidios me implican muchísimas cuestiones con las que me llevo peor como la responsabilidad, la política, la rendición de cuentas etc. Me han resultado más satisfactorios los concursos.

La posibilidad de ganar ese concursos era aterradora pero me quedé enganchada con qué pasaría con la mina que ganaba el concurso y tenía que invitar al tipo que le inspiró la carta y todo ese mecanismo. De eso salió la obra. Yo escribí ese texto y lo guardé porque me pareció una cursilada infumable. No me imaginé que eso tendría puesta en escena jamás, hasta que apareció Espacio 33 y Fernando Del Gener y Jimena López (actores que protagonizan la obra) y en la desesperación por producir algún material, les pasé el texto y muerta de vergüenza les dije “léanlo y si les parece un merengue absoluto yo entiendo”. Pero cuando los vi me pareció que la energía de ellos podía sostener a esos personajes. Cuando empezamos a trabajar supe que Fernando compone (es guitarrista) y ambos cantan entonces les dije “bueno les escribo un par de poemas y le ponés música. Fijate.” Y se fue armando. Algo que era un texto del que yo me avergonzaba terminó teniendo personajes entrañables y siendo algo que me identificó muchísimo. Esta obra superó todas mis expectativas. Nunca hubiera dado dos pesos por algo así y ya llevamos cuatro años con la obra.

R- ¿Qué relación encontrás entre escribir y amar?

MT- Siento que la invención del amado tiene todo que ver con la creación del personaje. Con la experiencia vital descubrí que uno no se enamora nunca de la persona que tiene adelante sino de la persona que uno quiere crear sobre esa persona. Esta es mi manera de entender las cosas. La persona que tenemos delante es una excusa. Yo me enamoro de algo que me sirve como excusa y sobre esa persona vuelco mis deseos y expectativas: un recipiente. Siempre digo que la relleno como un pollo con lo que quiero que tenga. Le empiezo a pasar mis libros, las películas y la llevo a los sitios que me gustan. Uno va midiendo y te parece que esa persona proyecta lo que vos querés. Eso es la creación de un personaje. Me termino enamorando de la persona que yo inventé y desde ese lugar para mí es prácticamente igual que escribir. La escritura es lo mismo: una cosa en blanco donde yo vuelco un profundo deseo de otra cosa. Yo me vinculo mucho desde la necesidad de la escritura y los vínculos importantes – pocos o muchos que he tenido en esta vida- están relacionados con la escritura, tanto profesionales, académicos y sentimentales. Mucho de lo que escribo está muy ligado a personas que atravesaron mi vida de una manera u otra. Para mí la escritura y el amor están muy ligados.

R- ¿Por qué te gusta tanto trabajar con monólogos?

MT- Se vino dando sobre la práctica. Me interesa mucho contar historias chiquitas. Siempre me gustaron los monólogos. Con la experiencia de las clases fui descubriendo que la creación de personajes es un mundo infinito y que los monólogos son un placer. Asistí a Tolcachir durante dos años en un taller sobre creación del personaje y dirigí muchos monólogos con los alumnos. Fue un año muy gracioso porque quedábamos los martes de cinco de la tarde a diez de las noche e iban pasando y yo parecía un psicólogo “siguiente… siguiente” (se ríe). Ese año fue un training intensivo de dirección de monólogos que después capitalicé muchísimo. Además es un formato que me gusta mucho como público porque veo lo mejor del actor y la actriz. En el unipersonal uno pasa al frente con lo mejor que tiene y con todo lo que quiere dar. Es una energía increíble. Hay algo de “bueno… ustedes vinieron acá y los voy a hacer mierda”. Me acuerdo haber visto a Tato (Eduardo) Pavlovsky en Variaciones Meyerhold. Yo no lo conocía ni sabía la eminencia que era. No estaba solo en escena pero cuando él entraba lo hacía solo y cuando lo vi dije “¡este hombre me va a destrozar!” y la pasión que eso implica. Decir “¡Dale, ya está. Arrancá y haceme mierda!” Eso me encanta del unipersonal: que una sola persona haga temblar todo apenas entra en escena.

Después hice “Por eso las curitas” que fue mi propio unipersonal. El único donde yo actuaba e hice dos temporadas. Ahí viví toda la experiencia de la dramaturgia, trabajar como actriz y vivir todo el proceso. Para mi fue muy importante porque es autobiográfico y poder trabajar con material personal fue todo un desafío. A raíz de ese trabajo me di cuenta de cuánto había de fascinante en ese proceso y qué lindo sería poder acompañar a más gente en ese camino. Algo de eso con los años terminó funcionando y hoy trabajo mucho en el montaje de unipersonales y clínicas individuales.

Macarena mencionó su unipersonal autobiográfico “Por eso las Curitas” donde la gráfica de difusión es una foto suya cuando era niña; una etapa muy difícil de su vida. Saco de mi agenda esa foto y se la pongo enfrente.

R- ¿Qué te pasa con esta nena?

MT- ¡Ah mirá! (dice tomando la foto entre sus manos) Esto fue una decisión muy loca. Pensar que esta foto se convirtió en la gráfica de la obra. Tengo tres mil postales con mi cara. ¡Con esa cara! –grita. Fue tremendo porque durante todo el proceso de creación de esa obra que le estaba haciendo un homenaje a esta niña. Fue como decir “esta criatura sobrevivió y yo le debo algo a esa tenacidad, a esa cosa seria que se ve en la foto”. Esa sobriedad que ya estaba ahí (dice hablándole a su retrato) En esta foto tengo cuatro años. Recuerdo perfectamente el día en que la sacaron. Fue en la escuela del pueblo. Todavía vivía ahí con mi vieja. Nos habían avisado de la foto por eso estoy con aritos. Esa falda me quedaba grande y yo me la subía hasta acá (señalándose las axilas). Al armario que hay detrás le pusieron una tela, por eso está tapado y todo el resto es utilería que había llevado el fotógrafo. Nos hacían pasar a todos y posábamos. Yo no tengo fotos de mi niñez –baja la voz y hace una pausa mirándose en la foto - tengo esta y una de un año anterior vestida de sevillana. No tengo fotos de bebé. Que te sacaran una foto era todo un acontecimiento, por eso creo que me acuerdo, además de lo que me puteó mi vieja diciéndome “¡Macarena, mira dónde llevas la falda… debajo en los sobacos!”; pero hay algo en la mirada donde yo me reconozco mucho. Sigo teniendo esa mirada y siento que ahí ya estaba el coraje de lo que esa nena era capaz de hacer. Por eso, enfrentarme a esa mirada fue todo un viaje. ¿Cómo somos no? La supervivencia de uno…- reflexiona levantando la vista del retrato- .

R-¿ Te enamoraste de Buenos Aires?

MT- Sí. Hay un antes y un después en mi vida que tiene que ver con eso. No se qué hubiera sido de mi sin Buenos Aires. Estaría en Estados Unidos y me habría dedicado a la literatura. Esa era la vida que tenía abierta, siguiendo el orden de la niña que cumplía con todo y el rol académico, creo que estaría en Estados Unidos, porque me iba bien y era buena en eso. Esa es la “vida B” que no llevé. Buenos Aires supuso la materialización de un montón de cosas que yo ni sabía que existían. Otro modo de hacer, de trabajar y de vincularse con las cosas. Pese a todo sigue siendo el lugar en el que me siento bien. Mi círculo es el bardo, el desastre, donde explota todo. Donde está todo roto es donde mejor me encuentro. Me identifico con eso.

Hace dos años, con “La Omisión de la Familia Coleman” estuvimos en Berna (Suiza) que es todo lo contrario. Fueron cuatro o cinco días donde extrañamente también me sentí muy bien pero estaba escandalizada y me sentía mal conmigo misma porque sentía que le era infiel a Buenos Aires. Me decía “Estoy fatal. Estoy vieja y cansada por eso me enamoro de esto”. Fue intenso pero a Berna no volví. Fue como un amor de cinco días. Un affaire intenso. Ver todo ese orden y esa belleza… no se si yo podría vivir así de bien. Siento que es algo que podría experimentar una temporada y después volver al cachengue donde siento que más necesarios somos. Donde está lo roto.

R- ¿El actor nace, se hace o hay un poco ambas cosas?

MT- Eso es un misterio. No tengo una respuesta categórica para dar. Conozco suficientes casos de gente que es actor a su pesar y nació con eso al igual que con la escritura. Creo que la formación lo que hace es tecnificar el talento, pero alguien que tiene el talento tecnifica menos. Creo que el trabajo es imprescindible. Confío en eso. Pero ¿qué es un actor o qué es la naturaleza del actor? sigue siendo un misterio insondable para mi y elijo que siga siéndolo. Creo que como en todas las vocaciones artísticas a medida que uno crece va cambiando. Primero todos queremos triunfar, romperla y ser famosos pero después te vas dando cuenta que el trabajo implica muchas otras cosas. Abandonas la fama por el trabajo propio y el ego se va corriendo con el paso de los años y empiezas a entender que algo como lo que pasa hoy acá es tan infinito o más importante que una representación en el mejor teatro del mundo para mil personas. Por suerte la cabeza de uno va madurando hacia otros lugares. Cuando el ego –como artista en general - se corre, dejas de trabajar sólo para sentirte bien y empiezas a hacerlo para que el arte y tu disciplina (músico, pintor, actor etc) sirva para otro. Este año caí en la ficha y dejé de preocuparme por tener talento y empecé a agradecer tener oficio. Darme cuenta de cuántas cosas podía resolver en un fin de semana de bardo absoluto y estar cansada pero entera. Fue el gran cambio y es lo que más puedo valorar ahora: tener las herramientas para hacer todo. No se si lo hago bien pero hago lo que sea.

R- Te atraviesan muchas disciplinas con un hilo en común ¿cómo llevás eso?

MT- Todo está relacionado y eso es algo que tardé mucho en entender. Siempre sentí mi formación académica como una traición hacia el arte y una cobardía hacia el teatro, pero después no dejo de agradecer haber hecho todo eso porque hoy puedo aplicarlo al escenario aunque cuando lo estudiaba era un poco consciente y de algún modo todo se vinculó. No ha sido fácil llegar a poder decirlo y sentirme cómoda. De última el paso del tiempo para lo único que sirve es para esto (se ríe). Decir “aflojá con las etiquetas, dejá de ser más papista que el Papa, entendé que el gris es el color más interesante”. Eso es algo que trae el tiempo. No es algo que una aprenda. Yo era súper extremista, necesitaba aferrarme y que las cosas fueran blancas o negras. Eso con el tiempo va cambiando, por suerte.

R- Hablas de “habitar el poema” ¿Qué es eso?

MT – Tiene que ver con que no sea un objeto inerte. Si entendemos el poema, tanto literario como escénico, creo que hay obras y libros que nacen muertos de antemano porque son solo una forma, un artificio. Algunos incluso son buenos pero están muertos. Pueden tener una excelencia técnica pero hay algo que no palpita. Gran parte del teatro español, nace muerto porque es totalmente predecible, no te sorprende, sabés desde el minuto cero lo que va a pasar y responde a una forma, una manera de decir, un didactismo y a una escuela donde el imprevisto no sucede. Lo vivo es el minuto, lo que se puede romper, lo que puede modificarse y hay obras que no admiten esa posibilidad.

R- ¿Te cuesta encontrar los títulos para tus obras?

MT- Sí, mucho. Titulo muy mal. En Espacio 33 siempre me dicen si el próximo título puede ser más corto. Varios son prestados. Me cuesta mucho titular y poner nombre a los personajes. Casi nunca les pongo nombre. Trabajo con la abstracción. Me parece difícil “cerrar”.

En su último libro “Rabia y Relojería” hay varios escritos que de una forma y otra hacen referencia al olvido. Le leo uno de sus poemas (Pag.108)

R- ¿Qué es el olvido?

MT- (se queda uno segundos en silencio) Es algo que a mi no se me da - lanza una carcajada - Quisiera poderlo ejercitar más. Creo que el olvido es una práctica, como todo. A veces pienso que tengo demasiada memoria. No se cuánta tienen los demás. Por ejemplo, con la infancia. Cuando hablo con algunas personas me dicen que no recuerdan nada de cuando eran chiquitos… ¡qué suerte!... yo recuerdo mucho. Al punto de decir ¡carajo, cuándo pasaron 40 años! porque hay cosas que siguen siendo muy cercanas. Parpadeé y pasaron quince años en Buenos Aires. No entiendo la velocidad del tiempo. En ese punto el olvido es algo jodido. No es fácil… no se me da.

R- ¿Ahora estás trabajando en alguna obra o publicación en particular?

MT- Está siendo un año de mucha práctica. Estrenamos “Todo lo que hice para no volverme loca, vida y obra en tiempos de Macri”. Estamos militando mucho con esa obra. Estamos haciendo funciones en cualquier sitio que nos llamen y está siendo una linda experiencia. Estamos haciendo también “Ser sin orillas. Ensayo sobre Ofelia” que tampoco era un proyecto que estuviera en mi cabeza. Son cosas que pasaron por necesidad absoluta y en ese sentido ha sido un año de sacar adelante eso.

En la escritura sí, hay un proceso de re elaboración de algo que va a ser una edición muy pequeña y saldrá en marzo del año que viene con una editorial artesanal que respeto mucho: “El vendedor de tierra”. Les pasé un material que se titula “La canción de meteora” que son poemas que no llegaron a formar parte del libro “Rabia y Relojería” porque tenían otro tono, otra voz, otro tipo de vuelo y no tenían cabida ahí, pero los sigo leyendo y me sigue pareciendo que están bien. Entonces decidí darles una segunda oportunidad y se los pasé al editor quien lo leyó y le pareció bárbaro. Es un proyecto pequeño pero siento que es profundo. También es algo nuevo poder valorar la profundidad de lo mínimo - concluye Macarena.